La Batalla del Río Salado (1340): otro golpe decisivo cristiano en la Reconquista

La Batalla del Río Salado (librada el
lunes 30 de octubre de 1340, en la actual provincia de Cádiz) fue una de
las batallas más importantes del último periodo de la Reconquista
cristiana de la Península Ibérica. En ella, las fuerzas combinadas de
Castilla y Portugal derrotaron decisivamente a los benimerines, último
de los sucesivos imperios norteafricanos que trataron de conquistar e
islamizar la Península Ibérica.

1. ANTECEDENTES:

 

1.1 Navas de Tolosa (1212) y progresión de la Reconquista

Tras la heroica victoria de la coalición
de los reinos cristianos penínsulares en Navas de Tolosa (1212), el
Imperio Almohade perdió el control de sus vasallos andalusíes del sur de la península, dejando tras
de sí un nuevo mosaico de taifas musulmanas, es decir unas entidades remanentes del territorio andalusí islamizado originalmente en el siglo VIII d.C.
Los reinos cristianos aprovecharon esta
situación para recuperar mediante una serie de campañas (1230-1264) las
antiguas tierras cristianas en lo que se conoce como la segunda fase de
la Reconquista. Como resultado solo sobrevivió la taifa andalusí más
poderosa de todas, conocida como Reino o Emirato Nazarí de Granada.
Granada conservó su independencia pero a costa de convertirse en
tributaria de Castilla, y ocupaba en ese momento las actuales provincias de Granada, Almería y
Málaga, más el estratégico itsmo y peñón de Gibraltar.
Reinos peninsulares hacia 1340.
Portugal, Castilla y Aragón se expanden hacia el sur en las décadas
posteriores a la victoria de Navas de Tolosa. Castilla posee salida al
Mediterráneo por Murcia y al Atlántico por Cádiz, disputando ahora a Granada la posesión de la
costa norte del Estrecho de Gibraltar.
 

1.2 Auge de los Benimerines

Al otro lado del estrecho estaban
precipitándose los acontecimientos por intrigas políticas. La debilitada
dinastía almohade fue depuesta por otra tribu bereber emergente, los
Banu Marin (“Benimerines” para los castellanos). Desde Fez los
benimerines se expandieron hasta dominar la mayor parte del Magreb (como
sucedió con imperios norteafricanos anteriores) y extenderse hasta la
actual frontera entre Argelia y Túnez.
Pero estas conquistas no saciaron en
absoluto sus ambiciones. En 1275, volvieron la atención a la Península
con vistas a ejercer su influencia sobre sus territorios todavía
musulmanes de forma análoga a como hicieron los almohades un siglo
atrás.
Un ejército norteafricano ocupó
militarmente Granada, la resistencia fue mínima, y los benimerines no
tardaron en agitar y desestabilizar a sus correligionarios granadinos
para crear rencor y odio contra los cristianos. A finales del siglo
XIII, los benimerines, con sus nuevos vasallos granadinos declararon la Guerra Santa (Jihad) a todos los cristianos de la península sin importar su reino.
En 1288 el imperio norteafricano ya había
concretado una alianza con el rey Yusuf I de Granada, con objetivo de
recuperar Cádiz. Sin embargo una serie de rebeliones de las tribus
rifeñas retrasó estos planes hasta 1294. Ese año la coalición musulmana
puso asedio a Tarifa, que fue defendida heroicamente con éxito por Guzmán el Bueno
incluso a costa de la muerte de su hijo menor.
Sin embargo en 1329 los benimerines y sus aliados atacaron de nuevo, derrotando a Castilla y tomando Algeciras. Pese a este reves en 1330 Castilla derrota a Granada en la
Batalla de Teba, lo que lleva a Granada a firmar un humillante tratado
por el cual el reino nazarí renovaba el pago de cuantiosas parias
(tributos) al reino de Castilla.
La inestable “tregua” finalizó en 1333 cuano el sultán de
Marruecos Abu al-Hassan Alí, acudió en ayuda del emir Mohamed IV de Granada,
enviando una flota y ejército que desembarca en Algeciras. Los aliados
musulmanes recuperan Gibraltar
(recuperada por Castilla desde 1309) en una campaña de menos de dos meses.
A principios de 1340, un ejército
musulmán comandado por el general Muhammad ibn Alí al-Azafi embarcó en una flota de
100 galeras en Ceuta y desembarcó en Gibraltar. El 1 de abril de 1340
esta escuadra africana se enfrentó a la pequeña flota castellana de
Alfonso Jofre de Tenorio (38 naves) la cual fue derrotada, solo
consiguiendo escapar 5 naves cristianas que se refugiaron en Cartagena.
El 14 de agosto de 1340, Abu al-Hassan
cruza el estrecho con refuerzos y suministros. Yusuf I de Granada se le
unió y se puso asedio de nuevo a Tarifa, el 22 de septiembre. El sultán
Abu al-Hassan, confiado por la pronta victoria, retiró a su flota
dejando solo 12 galeras en Algeciras, lo que demostraría ser un grave
error.
Deseperado, Alfonso XI de Castilla pidió
ayuda a su difícil suegro, el rey Alfonso IV de Portugal, que tras
reticencias iniciales envió una flota a Cádiz (que incluía 15 galeras
genovesas) para unirse a una escuadra aragonesa que ya estaba allí. Además se estaba construyendo en Sevilla apresuradamente otras 27 naves.
La flota aliada cristiana apareció en el estrecho en Octubre,
bloqueando la ruta de suministro entre Granada y Marruecos, lo que privó
de suministros al ejército sitiador en Tarifa.
El 10 de Octubre un temporal hizo
naufragar 12 galeras castellanas y ese mismo día el sultán aprovechó
para atacar Tarifa. Este ataque fue repelido con éxito por los
defensores castellanos con graves bajas en ambos bandos.
El 15 de Octubre de 1340, Alfonso XI
ordenó marchar a sus huestes para encontrarse con el ejército musulmán
que asediaba Tarifa. No obstante, y ante la descomunal fuerza enemiga,
el castellano aminoró el ritmo para que le alcanzaran los refuerzos de
Alfonso IV de Portugal que se le unieron al día siguiente. Con todo, el
tiempo jugaba en contra de los cristianos, ya que, con cada jornada de
retraso en la organización, se corría el riesgo de que las máquinas de
asedio enemigas acabaran con las murallas de la ciudad gaditana.

2. FUERZAS CRISTIANAS

Infantería y caballería hispánica, siglo XIV (Osprey Men-at-Arms 200: El Cid and the Reconquista 1050-1492)

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Seguramente rondarían los 20.000-30.000
hombres. Eran ejércitos especializados en caballería pesada, donde pese a
lo limitado de su número su efecto era devastador.

Hueste portuguesa
La Hueste de Portugal estaba formada por:
Obispo de Braga, Prior de Crato, Maestre de Santiago, Maestre de Avis,
Lope Fernández Pacheco, Gonzalo Gómez de Sousa y Gonzalo de Acevedo.
Algunas fuentes indican 5.000 caballeros.

Hueste castellana
Se estiman al menos 12.000 infantes y 8.000 jinetes.
  • Pendón y vasallos del Infante don Pedro (heredero de Castilla),
    mandados por Pedro Fernández de Castro “el de la Guerra”. Adelantado
    mayor de la frontera de Andalucía, Mayordomo mayor y Alférez de Alfonso
    XI “el justiciero” de Castilla y León.
  • Caballería de la Orden de Calatrava al mando de su maestre Juan Núñez de Prado.
  • Caballería de la Orden de Alcántara al mando de su maestre Nuño Chamizo.
  • Mesnadas de Diego de Haro, Gonzalo Ruiz Girón y Gonzalo Núñez Daza.
  • Milicias concejiles de Salamanca, Belorado, Badajoz, Ciudad Rodrigo, Olmedo, Carrión y Saldaña.
Guarnición asediada del Alcaide de Tarifa
Estimable en al menos un millar de jinetes y escasos miles de infantes.
El alcaide Juan Alfonso de Benavides estaba al mando de la guarnición de la plaza reforzada por:
  • Pendón y vasallos de Don Enrique, hijo bastardo del rey, mandados por Fernando Pérez de Portocarredo.
  • Pendón y vasallos de don Tello, señor de Vizcaya, hijo bastardo del rey, mandados por Fernández Coronel.
  • Mesnadas de Juan de Morales, Obispo de Jaén; del ricohombre Pedro
    Ponce de León el Viejo y de Enrique Enríquez el Mozo, Caudillo mayor del
    obispado de Jaén.
  • Ballesteros de la Marina de Castilla
Disposición en la batalla
La vanguardia de caballería pesada
castellana y algunas órdenes militares estaba comandada por los hermanos
de Lara y el príncipe Don Juan Manuel, seguida de un cuerpo principal
de infantería al mando del propio rey de Castilla.
En el flanco izquierdo había peones
leoneses y castellanos de Pedro Núñez de Guzmán, y en el derecho
caballería de Alvar Pérez de Guzmán.
Reforzando a la caballería portuguesa del flanco izquierdo estaban las órdenes de Alcántara y Calatrava.
Alonso de Aguilar comandaba sus mesnadas en retaguardia.
A continuación se desglosa más en detalle este despliegue:
La vanguardia al mando del Don Juan Manuel con las siguientes fuerzas:
  • Mesnada de Don Juan Manuel, Príncipe de Villena.
  • Caballería de la Orden de Santiago, maestre Alonso Meléndez de Guzmán.
  • Mesnadas del Señor de Vizcaya, Juan Núñez de Lara; señor de
    Villalobos, Fernando Rodríguez; de los ricoshombres Juan Alfonso de
    Guzmán, Juan García Manrique y Diego López de Haro.
  • Milicias Concejiles de Écija, al mando de Fernán González de
    Aguilar; de Sevilla, Juan Rodríguez de Cisneros; de Jerez, Garci
    Fernández Manrique; y de Carmona, Alvar Rodríguez Daza.
El Cuerpo de Batalla lo mandaba personalmente el rey de Castilla que contaba con:
  • Pendón y mesnada real.
  • Pendón de Cruzada.
  • Contino de Donceles de la Real Casa, armados a la jineta y mandados
    por su Alcaide Alfonso Fernández (o Fernando Alonso) de Córdoba, Señor
    de Cañete.
  • Caballería ligera de Fronteras.
  • Mesnadas de los prelados de Toledo, Santiago de Compostela, Sevilla, Palencia y Mondoñedo.
  • Pendón y vasallos de don Fadrique (Fadrique Alfonso de Castilla), hijo bastardo del rey, mandados por Garcilaso de la Vega.
  • Pendón y vasallos de don Fernando (Fernando Alfonso), hijo bastardo del rey, mandados por Gonzalo Ruiz.
  • Mesnadas de los hijosdalgos. Los principales eran Alvar Pérez de
    Guzmán, Garci Menéndez de Sotomayor, Juan Ruiz de Beira y Ruy Pérez
    Ponce de León.
  • Compañas de los Concejos de Castilla.
Al mando de la Retaguardia estaba Alonso de Aguilar con las siguientes fuerzas:
  • Mesnadas de Alonso de Aguilar.
  • Compañas concejiles de Córdoba.
Pedro Núñez de Guzmán estaba al frente del Flanco izquierdo
  • Tropeles montañeses de León y las provincias Vascongadas, de
    las Asturias de Oviedo y de Santillana, y de las Tierras de Órdenes
    Militares.
Alonso Ortiz Calderón, prior de San Juan
estaba al mando de refuerzos de la armada en la costa. Aunque no
llegaron a participar en la batalla.
  • Armada de Castilla mandada por el prior de la Orden de San Juan con 3 galeras y 12 naves.
  • Armada de Aragón, al mando de Pedro de Moncada, con 12 naves.

3. FUERZAS MUSULMANAS

Fuerzas granadinas, siglo XIV (Osprey Men-at-Arms 200: El Cid and the Reconquista 1050-1492)

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La coalición norteafricana y granadina no era menos heterogénea. En total pudieron llegar a superar los
60.000 hombres, cifras similares a las que juntaron los almohades en
Navas de Tolosa. Entre sus efectivos:
  • Lanceros andalusíes, bereberes y norteafricanos.
  • Ballesteros granadinos
  • Jinetes ligeros granadinos y magrebíes.
El ejército musulmán formó con una sólida
falange de infantería, detrás de la cual se situó la caballería
magrebí, dividida en cinco grandes unidades. Por detrás se colocó la
infantería. En el flanco derecho formó la caballería nazarí, al mando de
Yusuf I.

4. LA BATALLA

El propio Papa Benedicto XII había calificado esta
nueva campaña de Cruzada. El ejército castellano-portugués avanzó desde
Sevilla hasta la línea del Guadalete, donde hizo un alto para recibir
más refuerzos, el 26 de Octubre ya superaban los 20.000 hombres y se
pusieron de nuevo en marcha. Días después los cristianos divisaron a las
fuerzas musulmanas desde la Peña del Ciervo, se habían distribuido en
dos colinas frente al mar, una para los granadinos y otra para los
benimerines. Los musulmanes habían cesado el asedio de Tarifa, quemando
sus máquinas de asedio, para así evitar que las capturaran y poder
defenderse de los cristianos en terreno favorable. El 29 de septiembre
se acordó que Alfonso XI y los suyos lucharan contra el sultan Hasan de
Marruecos y Alfonso IV de Portugal y su hueste (reforzada con un
contingente de 3.000 castellanos) contra el emir de Granada, Yusuf I.
Ambos ejércitos estaban frente a frente
separados por un valle de 4500 m que incluía el río Salado (afluente del
Jara de 7 km de largo) y el propio río Jara.
Con un golpe de mano, Alfonso XI sorprendió a los
musulmanes introduciendo con éxito a 5.000 de sus hombres (4.000
infantes y 1.000 jinetes) a través del cerco en Tarifa, animando así a
los cansados sitiados. Sea como sea los musulmanes no parecieron dar
importancia a este suceso, lo que a la larga conllevaría consecuencias
nefastas para las tropas moras.
El día 30 de octubre de madrugada, el rey
asistió a una emotiva misa celebrada por el arzobispo. Después de
bendecir las armas y confesarse por la mañana, el ejército cristiano
esperó a que el sol estuviera más alto (9 de la mañana). A esa hora la
caballería castellana cruzó el río Jara sin resistencia, pero se
encontró más adelante fuerte oposición a la hora de cruzar el Salado (se cree que fue
en una zona denominada Pedro Valiente), detrás la infantería les seguía
más lentamente. Pese a ser inferior en número, un grupo de caballería
pesada castellana de 800 jinetes al mando de los infantes Fernando y
Fadrique sorprendió a la caballería musulmana (unos 2.500 jinetes) que
habían acudido a defender la orilla del Salado, poniéndolos en fuga. Por
su parte Juan Manuel de Lara y sus jinetes tuvieron mayores problemas y
no pudo cruzar todavía el río. En ese momento acudió inmediatamente
Alfonso XI con el grueso de sus tropas a reforzar a sus dos hijos y a
hacer frente a las innumerables fuerzas de los moros que acudían a
hacerles frente, mientras que en el centro Juan Nuñez de Lara y la Orden
de Santiago cruzaban el río con éxito desbordando la línea enemiga y
divisando el campamento del Sultán.
La caballería pesada castellana siguió
cargando contra la infantería mora. La lucha fue feroz, el valeroso rey
de Castilla acudió en auxilio de sus hombres a los puntos de mayor
peligro, ahora que la caballería africana se veía obligada a intervenir y
empezaba a rodearlo. Afortunadamente para Alfonso, la retaguardia
castellana se había unido a la batalla en su ayuda, y gracias a esto y
la llegada refuerzos de Tarifa, Alfonso XI y sus hombres sometieron a
las fuerzas enemigas a que se enfrentaban y las puso en desbandada.
Mientras tanto, en el flanco izquierdo,
los jinetes portugueses cruzaron el río a la altura del actual puerto
de Piedracana y trabaron combate con los nazarís. Las dificultades aquí
eran aún mayores, porque las tropas de Granada, más disciplinadas,
luchaban al mando de Yusef Abul-Hagiag, y estaban concienciados de que el destino de su Emirato estaba íntimamente ligado al resultado de la batalla. Alfonso IV, al mando de sus intrépidos jinetes y apoyado por la
reciente llegada de refuerzos de caballería castellana, logró romper la
formidable barrera de las filas enemigas, lo que desató el pánico y
causó la derrota de los granadinos, que huyeron también
en desbandada, dejándolo todo para salvar su vida. El campo quedó
sembrado de cadáveres, muchos de ellos víctimas del bando musulmán.
Adicionalmente, en algún momento durante o
tras el cruce del río, la guarnición de la plaza de Tarifa,
envalentonada por lo que veía, hizo una salida inesperada contra los
moros y cayó sobre la retaguardia, para atacar el campamento del propio sultán,
en el que causaron grandes estragos a la fuerza de 3.000 jinetes y
8.000 infantes que lo defendía. Tras tres horas de combate, la batalla
había acabado en una decisiva victoria cristiana en torno al mediodía.
Tras el final de la batalla propiamente
dicha, la persecución y hostigamiento a los vencidos fue implacable, y
se prolongó hasta el río Guadamecí (a 6 km del campo de batalla) aunque
muchos cristianos se quedaron en el propio campo de batalla saqueando y
robando el campamento del sultán, hecho que privó de tropas al rey
castellano, haciéndole desistir de prolongar la persecución hasta
Algeciras.
La primera mujer del sultán llamada
Fátima (hija del sultán de Túnez) resultó muerta en esta acción de
saqueo al campamento al igual que Aysa (hija del noble Abu Yahya ibn
Yaqub) y otras concubinas, atrocidades que condenó el propio Alfonso XI.
Otros parientes de Abu Hasan fueron capturados incluyendo su hermana
Umalfat, su hijo Abu Umar Tasufin y su sobrino Alí. Algunos altos cargos
fueron muertos en la persecución, incluyendo Abu Tabit ibn Fath Allah,
Abu Muyahid Gazi ibn al-Ka y Muhammad ben Yahya, así como el escritor
granadino Abdullah ben Salmun, y el imán Ibn al-Khatib.
Tanto Abu Hasan como Yusuf huyeron a
Algeciras, el sultán se refugió en Gibraltar y de allí tomó una galera
de regreso a Ceuta, lamentando el haber puesto pie en la Península e infravalorado a los cristianos. Yusuf por su
parte consiguió llegar a Marbella a salvo de todo peligro.

5. TRAS LA BATALLA

El  1 de noviembre por la tarde, los
ejércitos vencedores abandonaron el campo de batalla con un gran botín
en dirección a Sevilla, donde el rey de Portugal Alfonso IV se quedó poco tiempo
para regresar de inmediato a su país. Alfonso, en
un raro gesto de desinterés, y sólo después de mucho insistir el rey
castellano, eligió como recuerdo una cimitarra enjoyada y, entre los
presos escogió a Alí, el sobrino del sultán Abu-Hassan.

6. CONSECUENCIAS

La ayuda proporcionada por Portugal, sin
duda había sido muy importante para decidir la victoria de los ejércitos
cristianos. Alfonso IV de Portugal quedó en la historia con el apodo de
“el Bravo”, resultado de su acción en la batalla del Salado. Por su parte
el Papa Benedicto XII alabó a Alfonso XI. La noticia fue recibida con
desánimo en el mundo islámico y alentó el fervor en la Europa Cristiana, que todavía recordaba con tristeza la pérdida del Reino de Jerusalén a manos de los mamelucos 50 años antes.
Nunca más un ejército musulmán volvería a
intentar invadir e islamizar los territorios de la Península Ibérica.
La guerra con Granada continuó durante 10 años más, en la que Alfonso XI
hizo algunas conquistas al oeste del Emirato. Hecho
importante además fue la recuperación de Algeciras por Castilla a los benimerines
en 1344, tras dos años de asedio. Este asedio atrajo voluntarios de toda
la Europa Cristiana por la elevada popularidad recibida. Un intento
castellano por recuperar Gibraltar resultó frustrado y Castilla tuvo
que conformarse con reconocerlo como enclave granadino en la paz que se
acordó en 1350 (una triste premonición de lo que sucederá siglos más
tarde con el tratado de Utretch). Alfonso XI falleció el 26 de marzo de 1350 en su campamento por culpa de la peste. Gibraltar no pudo ser liberado hasta 1462.

7. FUENTES

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